Final

Ya no haces daño. Eres el recuerdo
innúmero y lejano.
La distancia,
la sucesión de imágenes perdidas
y él indecible sueño recobrado.
Eras el huésped pavoroso y eras
el retornar a la pasión antigua:
la indecisa presencia entre la bruma,
todo el odio en la sangre embravecida,
el miedo de la víspera enlutada
y ese temor a despertar, de pronto,
arrojada de nuevo sobre el mundo
con el fantasma allí, contra mi rostro.
Ya no, ya no. No existes. Ya no existes.
Hay que decirlo así: como un martillo
sobre el hierro sangrante, como el agua
que cae gota a gota en los suplicios,
como el murmullo exacto de la espuma,
como el latido isócrono del mundo.
Ya no. Ya no: no existes ya. No existes.
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
J.P.F.

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