Lluvia

Entonces, el amor llegaba siempre
al tiempo de la lluvia.
Así vino otra vez: agua llovida
recogida en las manos,
agua clara
sobre la sed oscura.
Y las gotas caían, resbalando
sobre la piel nublada, verdecida,
sobre el alma lavada.
Y yo quedaba en medio de la tarde,
vestida con la lluvia.
 
Agua clara en la tarde;
y de pronto, agua turbia:
fangal hirviente en borbotones tercos,
lodazal adherido a los tobillos,
ciénaga para hundirse sin remedio.
Y era en vano correr bajo la lluvia:
ahora, no lavaba.
Por las manos alzadas, descendía
indetenible el légamo viscoso
y hervían más los pardos borbollones
y el cieno iba subiendo como un grito,
como una lerda injuria.
 
Toda la lluvia de la tierra, toda,
no podría salvarme:
sobre mi piel, se torna lodo el agua.
No arcilla fértil sino tierra impura.
Quiero lavar mi vida en su vida,
mi sangre de su sangre,
mi barro de su barro.
Y es inútil buscar las tempestades
ni esperar en la lluvia.
 
He de llorarme tanto…
Y aquel amor que vino con la lluvia
se me irá de la vida, con el llanto.
 
 
 
 
 
 
 
 
 
J.P.F.

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