Diario de un Mal Año – J. M. Coetzee

 

Diario de un mal año

A propósito del lanzamiento en la Argentina del nuevo libro del autor sudafricano J. M. Coetzee, editado por Mondadori, adn CULTURA reproduce en forma exclusiva parte de la lectura pública de la obra que el escritor ofreció recientemente durante un encuentro literario en Brasil

 

POR J. M. COETZEE

Sobre el aburrimiento

Sólo los animales superiores son capaces de aburrirse, decía Nietzsche. Creo que esa observación debe tomarse como un elogio del Hombre considerado como uno de los animales superiores, aunque sea tanto un elogio como una bofetada: la Mente del hombre es inquieta; si no está ocupada se colmará de inquietud, caerá en el tormento e incluso, finalmente, en una destructividad maliciosa, mal intencionada.

Cuando era niño, yo debía parecer un nietzscheano inconsciente. Estaba convencido de que el tedio endémico de mis contemporáneos era signo de una naturaleza superior, de que expresaba un juicio tácito sobre cualquier cosa que los aburriera y que, por lo tanto, cualquier cosa que los aburriera debía ser despreciada porque no atendía a sus legítimas necesidades humanas. Entonces, cuando mis compañeros de la escuela se aburrían con la poesía, yo concluía que el defecto era de la poesía, que mi propia percepción era distorsionada, errada y, sobre todo, inmadura.

Era instigado a pensar de esa manera por una buena parte de la crítica de aquella época, que decía que la era moderna (refiriéndose al siglo XX) exigía una poesía nueva y moderna que rompiese definitivamente con el pasado, en particular con la poesía victoriana. Para el verdadero poeta moderno, nada más retrógado y, por lo tanto, más despreciable que algo como Tennyson.

El hecho de que mis condiscípulos se aburrieran con Tennyson demostraba para mí, por si hiciera falta una prueba, que ellos eran auténticos e, incluso, de manera inconsciente, portadores de una nueva y moderna sensibilidad. A través de ellos, el Zeitgeist pronunciaba su severo juicio sobre la era victoriana y sobre Tennyson en particular. En cuanto al incómodo hecho de que mis condiscípulos se sintieran igualmente aburridos (por no decir perplejos) con T. S. Eliot, eso podía explicarse por la persistente esterilidad de Eliot, una falla que no estaba a la altura de los rudos estándares masculinos de mis compañeros.

No se me ocurría que a mis condiscípulos les resultaba aburrida la poesía -como el resto de las disciplinas escolares- porque no eran capaces de concentrarse.

Las consecuencias más serias del non sequitur en el que caía (las mayores inteligencias son las que se aburren antes, por lo tanto los que se aburrían antes tenían las mayores inteligencias) surgieron en la clase de religión. Las prácticas religiosas me resultaban aburridas, por lo tanto a fortiori , a mis contemporáneos, como espíritus modernos, también debían resultarles aburridas. El hecho de que no manifestaran síntomas de aburrimiento, su disposición a repetir como loros la doctrina cristiana y a profesar una moralidad cristiana mientras seguían comportándose como salvajes, yo lo entendía como una prueba de su madura habilidad para vivir una disyunción entre el mundo real (visible, tangible) y las ficciones de la religión.

Solo ahora, más tarde en la vida, empiezo a ver cómo hacen las personas comunes, los animales superiores aburridos de Nietzsche, para lidiar con su ambiente. No irritándose, sino bajando sus expectativas. Aprendiendo a tolerar cosas, a dejar que su máquina mental funcione a un ritmo más lento. Se distraen y, como no les importa distraerse, tampoco les importa aburrirse.

Para mí, el hecho de que mis profesores, hermanos maristas, no aparecieran todas las mañanas envueltos en mantos de fuego y pronunciando profundas y terribles verdades metafísicas demostraba que eran servidores sin valor. (¿Servidores de quién, de qué? No de Dios, por cierto -Dios no existía, no me hacía falta que me lo dijeran-, sino de la Verdad, de la Nada, del Vacío.) Para mis jóvenes contemporáneos, por su parte, los hermanos eran simplemente aburridos. Aburridos porque todo era aburrido, y como todo era aburrido nada era aburrido; la gente simplemente aprendía a vivir con eso.

Como yo estaba huyendo de la religión, suponía que mis compañeros de clase también debían estar huyendo de la religión, pero de una manera más discreta, más experta de la que yo hasta entonces había sido capaz de inventar. Solo hoy me doy cuenta de que estaba equivocado. Ellos no estaban huyendo en absoluto. Ni sus hijos ni sus nietos están huyendo. Yo solía creer que cuando cumpliera setenta años todas las iglesias del mundo se habrían transformado en silos, museos o fábricas de cerámica. Pero estaba equivocado. Vean como todos los días brotan iglesias nuevas en todas partes, por no hablar de las mezquitas. Entonces, la afirmación de Nietzsche debe corregirse: puede ser, sí, que los animales superiores sean capaces de aburrirse, pero el hombre demuestra ser el mejor para domesticar el aburrimiento, para darle protección.

Suplemento: Señor C

Mi primer vislumbre de ella fue en la lavandería. Era en medio de la mañana de un calmo día de primavera y yo estaba sentado, mirando girar la ropa, cuando entró esa mujer joven y sorprendente. Sorprendente porque lo último que yo esperaba era una aparición de esa clase y también porque el vestido suelto, de color rojo tomate que llevaba puesto, era de una brevedad igualmente sorprendente.

El espectáculo de mi persona también puede haberla sorprendido a ella: un viejo arrugado en un rincón que, a primera vista, podía parecer un vagabundo de la calle. "Hola", dijo, con frialdad y empezó a ocuparse de su tarea, que era vaciar dos bolsas de lona blanca en una lavadora de carga superior, bolsas en las que la ropa interior masculina parecía predominar.

"Lindo día", dije. "Sí", dijo ella, dándome la espalda. "¿Usted es nueva?", le pregunté, queriendo decir si era nueva en las Torres Sydenham, aunque también fueran posibles otros sentidos, como por ejemplo "¿Usted es nueva en esta tierra?" "No", dijo ella. Qué difícil es mantener una conversación. "Vivo en la planta baja", dije. Puedo hacer esos gambitos, suelen ser tomados por locuacidad. Un viejo tan charlatán, le dirá ella al dueño de la camisa rosa con cuello blanco, me costó librarme de él, a nadie le gusta ser grosera. "Vivo en la planta baja desde 1995 y todavía no conozco a todos mis vecinos", dije. "Sí", dijo ella, sin decir nada más, como diciendo Sí, escucho lo que me dice y coincido, es trágico no saber quiénes son sus vecinos, pero así ocurre en las grandes ciudades y ahora tengo otras cosas de qué ocuparme, así que podríamos dejar que este intercambio de cortesía muera de muerte natural.

Tiene el cabello muy negro, huesos armoniosos. Un cierto brillo dorado en la piel, tal vez radiante podría ser la palabra adecuada. En cuanto al vestido rojo brillante, tal vez no fuera la clase de ropa que habría elegido si hubiera esperado la compañía de un hombre desconocido en la lavandería a las once de la mañana de un día de semana. Un vestido rojo suelto y sandalias con tiras. Tiras que rodean el pie.

Mientras la miraba, un dolor, un dolor metafísico empezó a invadirme y no hice nada por detenerlo. Y ella, de una manera intuitiva, lo supo, supo que en ese viejo sentado en una silla de plástico en el rincón estaba pasando algo íntimo, algo que tenía que ver con la edad, el arrepentimiento y las lágrimas de las cosas. Cosas que particularmente no le gustaban, que no quería evocar aunque fuera un tributo a ella, a su belleza y frescura, y también a la brevedad de su vestido. Si eso hubiera venido de alguien diferente, si tuviera un sentido más simple y más directo, habría estado dispuesta a recibirlo mejor, pero viniendo de un viejo el significado era demasiado difuso y melancólico para un hermoso día en el que una está apurada por terminar sus quehaceres.

Pasó una semana hasta que volví a verla -en un complejo de departamentos bien diseñado como este, rastrear a los vecinos no es nada fácil-, y solo fugazmente, cuando ella traspuso la puerta del frente en un relámpago de pantalones blancos que exhibía un trasero casi tan perfecto que parecía angélico. "Que Dios me conceda este deseo antes de morir", susurré; pero luego me invadió la vergüenza por la especificidad del deseo y retiré lo dicho.

Por Vinnie, que custodia la Torre Norte, me enteré de que ella -a quien con prudencia no le describí como la joven del atractivo vestido corto y ahora de elegantes pantalones blancos, sino como la joven de cabello oscuro- es la esposa, al menos la novia, del tipo pálido, presuroso y regordete que se ha cruzado una y otra vez conmigo en el vestíbulo, a quien yo había bautizado privadamente como el señor Aberdeen; y, más aún, que ella no es nueva en el sentido habitual del término, ya que (junto con el señor A) ocupa desde enero un departamento de los mejores en el último piso de esta misma Torre Norte.

"Gracias", le dije a Vinnie. En un mundo ideal, podría haber pensado alguna manera de interrogarlo más profundamente (¿Qué departamento? ¿Cuál es su apellido?) sin parecer un fisgón. Pero este no es un mundo ideal.

Su vínculo con el señor Aberdeen, que sin duda tiene la espalda pecosa, es una gran desilusión. Me duele pensar en los dos juntos, es decir, juntos en la cama, ya que en definitiva eso es lo que cuenta. No solo por el insulto -el insulto a la justicia natural- de que un hombre tan carente de gracia tenga una amante tan celestial, sino por el aspecto que podría tener el fruto de esa unión: el brillo dorado de ella deslucido por la palidez céltica del tipo.

Me podría pasar los días ideando felices coincidencias destinadas a permitir que nuestra breve charla en la lavandería fuera retomada en alguna otra parte. Pero la vida es demasiado breve para urdir estrategias. Entonces, permítanme decir tan solo que nuestros caminos se cruzaron por segunda vez en un parque público, el parque que está enfrente, donde la localicé descansando debajo de un sombrero extravagantemente grande, hojeando una revista. Esta vez estaba de un humor más afable, menos seca conmigo; pude confirmar de sus propios labios que por el momento no tenía ninguna ocupación significativa o que se encontraba, como dijo, entre empleos: de allí el sombrero, de allí la revista, de allí la languidez de sus días. Su empleo anterior, me dijo, había sido en la industria de la hospitalidad; cuando llegara el momento (pero no había urgencia) buscaría un cargo en el mismo campo.

Todo el tiempo en el que me transmitía esta información con desgano, el aire que nos rodeaba verdaderamente crepitaba con una corriente que sin duda no podía emanar de mí, yo ya no exudo más ninguna corriente, y que por lo tanto debe haber salido de ella, sin estar destinada a nadie en particular, simplemente emitida al ambiente. Hospitalidad, repitió, o si no, tal vez, recursos humanos, ella tenía también alguna experiencia en recursos humanos (fuera eso lo que fuese); y otra vez la sombra de ese dolor se cernió sobre mí, el dolor que ya mencioné, un dolor de tipo me tafísico o al menos posfísico.

"Mientras tanto", ella siguió hablando, "ayudo a

Alan con los informes y esas cosas, así él me puede usar como secretaria."

"Alan", dije.

"Alan", dijo ella, "mi pareja." Y me lanzó una mirada. La mirada no decía sí, soy en todos los aspectos y para todos los propósitos una mujer casada, de manera que si sigue adelante con lo que tiene en mente será un asunto de adulterio clandestino, con todos los riesgos y las emociones que eso implica, nada de eso, por el contrario decía Usted parece pensar que soy una suerte de niña, ¿necesito señalarle que no soy en absoluto una niña?

"Yo también necesito una secretaria", dije, lanzándome al ruedo.

"¿Sí?", dijo ella.

"Sí", dije, "soy escritor profesional y tengo que cumplir un plazo importante, y en consecuencia necesito alguien que pueda tipearme un manuscrito y tal vez hacer un poco de revisión, darle buena forma, en general, a la cosa."

Ella me miró con expresión vacua.

"Pulcra, ordenada y legible, quiero decir", dije.

"Use a alguien de la agencia de colocaciones", dijo. "Hay una agencia en King Street que la empresa de Alan suele usar cuando hay trabajo urgente."

"No necesito a nadie de una agencia de colocaciones", dije. "Necesito a alguien que pueda llevarse partes y devolvérmelas rápidamente. Esa persona también debe tener cierta comprensión, cierta idea intuitiva de lo que estoy tratando de hacer. ¿Tal vez pueda interesarle el trabajo, ya que somos vecinos y dado que usted está, como dice, entre empleos? Le pagaré", dije y mencioné una tarifa por hora que, aun cuando alguna vez ella hubiera sido la zarina de la hospitalidad, sin duda la haría detenerse a pensar. "Por la urgencia", dije. "Por ese plazo tan próximo a vencerse."

Una comprensión intuitiva: esas fueron mis palabras. Eran una apuesta, un disparo en la oscuridad, pero funcionaron. ¿Qué mujer que se respete negaría poseer una comprensión intuitiva? Y así ha ocurrido que mis opiniones, con todas sus versiones y revisiones, pasarán bajo los ojos y por las manos de Anya (ese es su nombre), de Alan y Anya, A &A, departamento 2514, aun cuando esta Anya en cuestión nunca ha hecho ni una letra de revisión en su vida y aun cuando Bruno Geistler, de Mittwoch Verlag GmbH, tiene en su personal personas perfectamente capaces de convertir grabaciones en inglés en un impecable manuscrito en alemán.

Me puse de pie. "Ahora la dejo", dije, "para que siga con su lectura." Si hubiera tenido un sombrero me lo habría quitado en un gesto de cortesía; habría sido el perfecto gesto europeo y anticuado que merecía la ocasión.

"No se vaya todavía", me dijo. "Primero dígame, ¿qué tipo de libro será éste?"

Traducción: Mirta Rosenberg

 

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